¡Oh jesús!
dijo un poeta
y una lágrima fría
en el centro
de un enero
cortó con su filo
el diamante del
futuro.
Así caen los cuerpos
de los poetas,
lánguidamente
sobre una muerte
cristalina.
Asépticos de carne y
martillos
solo sudor,
humo y humedad
y estocadas de
claridad
en la gordura de las
sombras.
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