Payasos
La tenue llovizna ya
había empapado las veredas y en las esquinas se habían acumulado algunos
charcos. La humedad dentro del colectivo y la temperatura en aumento me habían
dejado la camisa empapada. Tenía calor. Las ventanillas, casi todas cerradas. Me levanté a
tocar el timbre y bajar. Frente a mí, una mujer de unos veinte y pocos iba a
descender en la misma parada. Yo no podía sacarle los ojos de encima y noté que
a muchos hombres a mi alrededor les pasaba lo mismo. Bajé tras ella.
Afuera la llovizna no
cedía. Decidí caminar y, probablemente, tomar el camino más largo para vagar
por allí antes de llegar. Me gusta caminar bajo la lluvia y esta llovizna refrescante
era mejor que el húmedo traquetear del colectivo. Di vuelta en una esquina y
vi a un trompetista vestido de payaso o, mejor, un payaso con una trompeta,
ganándose unas monedas en el semáforo. Las grises miradas de los automovilistas
en la amplia avenida ni se inmutaban. Ni siquiera cuando otro payaso empezó a
lanzar pelotitas de colores al aire. Semáforo en verde, bocinas. Con una
agilidad asombrosa, esquivando autos, saludando exageradamente y colectando con
una gorra unos pocos billetes que le arrojaban de algunas ventanillas, los dos
payasos volvieron a la vereda contando el ligero botín. Un tercer payaso,
corpulento, grandote, estaba tirado en el piso apoyado en la pared,
absolutamente quieto.
Crucé la calle
tranquilamente y me quede pensando. Quería quedarme a la siguiente función. Me
senté en un rincón seco de una verja, saque mi libreta e hice un par de
anotaciones. Levanté la mirada y vi cómo
un tipo cruzaba corriendo la calle, llevaba un bolso rojo. Parecía huir
mientras de a ratos miraba hacia atrás. Pasó a mi lado y se perdió entre la
gente.
De pronto veo en la
otra esquina, frente a mí, a una mujer muy atractiva. Morocha
con ojos grandes y redondos, pelo negro y ondulado. Los
payasos aplaudían, lanzaban pelotitas que iban aparar a los charcos, las
trompetas sonaban y ella allí, haciendo señas. Los payasos se acercaron y ella
comenzó a señalarme. “¿A mí?” me pregunté y, como una respuesta, las miradas de
los tres payasos se clavaron en mí. Parecía una reina dando órdenes a unos
soldados obedientes. Me levanté un salto, mientras los tres comediantes se arrojaronban en mi búsqueda. Y yo allí, parado. Guardé mis notas
mientras se acercaban y noté que mi pequeño bolso, rojo, era muy parecido al que
llevaba el hombre que huía. Fue entonces que comprendí que había pasado. Enseguida, unas manos enguantadas me tomaron de las solapas. “¡Chorro!”, “¡Ladrón!”,
“¡Devolvé lo que robaste!”, gritaban detrás de sus narices rojas y me miraban
con odio. Payasos y peatones, que se detenían a ver el espectáculo, empezaban a
alzar la voz cada vez más hasta convertirse en un griterío.
En vano intenté
explicar que todo era una confusión, que no era un ladrón. En un segundo estaba
siendo arrastrado, empujado hacia quién sabe dónde. Los
bocinazos de todas las esquinas acompañaban a esta multitud guiada por tres
payasos que me llevaban como a un delincuente. Y estos nuevos sheriffs del
semáforo, parecían dispuesto a todo. Por fin tenían la atención del público.
Por fin vivas y aplausos bajaban de las gradas improvisadas. El mago, mientras
se sacaba el sombrero extraordinariamente pequeño, hacia aparecer pañuelos de
colores que se ponía cubriendo el rostro como un bandolero del lejano oeste.
Mientras les gritaba que me dejen, que todo era un error, recibí un par de
golpes en la espalda y la cara. Luego vi a la mujer atractiva, estaba cerca, me
miró a los ojos y empezó a gritar: “No es él, no es él”. Las caras de los
payasos se transformaron mientras se miraban entre ellos. De a poco me fueron
soltando. Mientras intentaba acomodar mi ropa estirada y algo rota, el primer
payaso salió corriendo hacia el semáforo, el mago hacia morisquetas y
gesticulaba golpeándose la cabeza con un martillo invisible para salir
rápidamente de allí. La muchedumbre se disolvió como humo en el aire. El tercer
payaso abrió su boca grandota y dijo: “Disculpe, creímos que era un ladrón”.
Yo agitaba mi cabeza
confundido, como despertando de una pesadilla, tratando de encontrar mi bolso,
pero era en vano. Miré a la mujer que estaba colorada de vergüenza. Era la
mujer atractiva que bajó conmigo del colectivo, lo confirmé cuando dio la
vuelta y se fue. La reina había hablado y me había liberado.