7 de octubre de 2010

Crónica

Crucé la línea de la impostura
por la delgada senda donde se sigue al misterio
y rompí la rutina.
Deseando siempre las tibias curvas
en las que irremediablemente me pierdo,
me mude de cuerpo,
como a un exoesqueleto
lo dejé abandonado.
Arrojé el abrigo a la hoguera despiadada del tiempo,
desnudo, me mezcle con mis nuevos vecinos,
aprendí un idioma al pulso del deseo.
Metí mi lengua en el húmedo refugio
de donde todo empieza y termina.
Ellas venían a libar
mi boca con pétalos y pistilos
filosos y noctámbulos,
amarillos al amanecer,
ocres, como el invierno,
cuando caía la espuma de la noche.
Mientras, mi casa y los muebles se impregnaban
con el hedor de la inconstancia,
y me visitaban nefastas arpías,
que huelen el miedo y, ciegas,
me desgarraban los poemas;
los pájaros pasaban enmudeciendo frente a mi ventana,
las flores agrisaban sus órganos
al cruzar el umbral.
Se agrietaba el respaldo de la juventud,
y migajas insomnes del alma
caían suicidas a las bestiales bocas
que se iban amontonando, anhelantes.
Las cortinas no terminaban de descorrerse,
se trasladaban, se reinventaban en infinitos pliegues
como un mar interminable;
las gotas de lágrimas
que manaban del colchón agudo,
salaban las paredes
que se embebían sedientas y calladas.
Quería para ese entonces
cortar mis venas
con cuchillos de papel
que se acobardaban en mis manos
las esferas del encierro
llevaban mi cuerpo obediente
a sus antojos más bajos,
y de un momento a otro,
ese manto celeste me aplastaría la existencia.
Había entonces
una llovizna repetida, frugal y vulgar
como serpiente
se deslizaba sobre la ciudad amortajada de gris,
y parecía meter sus dedos infames
por cualquier rendija
para señalarme y reírse.
Ya no aguantaba más a la naturaleza
ni a mi humanidad
ni a mis sentidos traidores
ni a mis inertes sueños.
Entonces, la marea del verano,
me trajo a ella,
dejando huérfana la soledad,
extirpándole la brutalidad
de la que se alimenta.