6 de marzo de 2017

Payasos

Payasos
La tenue llovizna ya había empapado las veredas y en las esquinas se habían acumulado algunos charcos. La humedad dentro del colectivo y la temperatura en aumento me habían dejado la camisa empapada. Tenía calor. Las ventanillas, casi todas cerradas. Me levanté a tocar el timbre y bajar. Frente a mí, una mujer de unos veinte y pocos iba a descender en la misma parada. Yo no podía sacarle los ojos de encima y noté que a muchos hombres a mi alrededor les pasaba lo mismo. Bajé tras ella.
Afuera la llovizna no cedía. Decidí caminar y, probablemente, tomar el camino más largo para vagar por allí antes de llegar. Me gusta caminar bajo la lluvia y esta llovizna refrescante era mejor que el húmedo traquetear del colectivo. Di vuelta en una esquina y vi a un trompetista vestido de payaso o, mejor, un payaso con una trompeta, ganándose unas monedas en el semáforo. Las grises miradas de los automovilistas en la amplia avenida ni se inmutaban. Ni siquiera cuando otro payaso empezó a lanzar pelotitas de colores al aire. Semáforo en verde, bocinas. Con una agilidad asombrosa, esquivando autos, saludando exageradamente y colectando con una gorra unos pocos billetes que le arrojaban de algunas ventanillas, los dos payasos volvieron a la vereda contando el ligero botín. Un tercer payaso, corpulento, grandote, estaba tirado en el piso apoyado en la pared, absolutamente quieto.
Crucé la calle tranquilamente y me quede pensando. Quería quedarme a la siguiente función. Me senté en un rincón seco de una verja, saque mi libreta e hice un par de anotaciones. Levanté la  mirada y vi cómo un tipo cruzaba corriendo la calle, llevaba un bolso rojo. Parecía huir mientras de a ratos miraba hacia atrás. Pasó a mi lado y se perdió entre la gente.
De pronto veo en la otra esquina, frente a mí, a una mujer muy atractiva. Morocha con ojos grandes y redondos, pelo negro y ondulado. Los payasos aplaudían, lanzaban pelotitas que iban aparar a los charcos, las trompetas sonaban y ella allí, haciendo señas. Los payasos se acercaron y ella comenzó a señalarme. “¿A mí?” me pregunté y, como una respuesta, las miradas de los tres payasos se clavaron en mí. Parecía una reina dando órdenes a unos soldados obedientes. Me levanté un salto, mientras los tres comediantes se arrojaronban en mi búsqueda. Y yo allí, parado. Guardé mis notas mientras se acercaban y noté que mi pequeño bolso, rojo, era muy parecido al que llevaba el hombre que huía. Fue entonces que comprendí que había pasado. Enseguida, unas manos enguantadas me tomaron de las solapas. “¡Chorro!”, “¡Ladrón!”, “¡Devolvé lo que robaste!”, gritaban detrás de sus narices rojas y me miraban con odio. Payasos y peatones, que se detenían a ver el espectáculo, empezaban a alzar la voz cada vez más hasta convertirse en un griterío.
En vano intenté explicar que todo era una confusión, que no era un ladrón. En un segundo estaba siendo arrastrado, empujado hacia quién sabe dónde. Los bocinazos de todas las esquinas acompañaban a esta multitud guiada por tres payasos que me llevaban como a un delincuente. Y estos nuevos sheriffs del semáforo, parecían dispuesto a todo. Por fin tenían la atención del público. Por fin vivas y aplausos bajaban de las gradas improvisadas. El mago, mientras se sacaba el sombrero extraordinariamente pequeño, hacia aparecer pañuelos de colores que se ponía cubriendo el rostro como un bandolero del lejano oeste. Mientras les gritaba que me dejen, que todo era un error, recibí un par de golpes en la espalda y la cara. Luego vi a la mujer atractiva, estaba cerca, me miró a los ojos y empezó a gritar: “No es él, no es él”. Las caras de los payasos se transformaron mientras se miraban entre ellos. De a poco me fueron soltando. Mientras intentaba acomodar mi ropa estirada y algo rota, el primer payaso salió corriendo hacia el semáforo, el mago hacia morisquetas y gesticulaba golpeándose la cabeza con un martillo invisible para salir rápidamente de allí. La muchedumbre se disolvió como humo en el aire. El tercer payaso abrió su boca grandota y dijo: “Disculpe, creímos que era un ladrón”.

Yo agitaba mi cabeza confundido, como despertando de una pesadilla, tratando de encontrar mi bolso, pero era en vano. Miré a la mujer que estaba colorada de vergüenza. Era la mujer atractiva que bajó conmigo del colectivo, lo confirmé cuando dio la vuelta y se fue. La reina había hablado y me había liberado.

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