Otra vez te veo
marchitada a un costado
de la fuente de lamentos
a la que agrisada te acercas
a salpicarte de dolor.
¡Cuánto cuesta
suicidar un deseo!
Mejor vivir al
latido del engaño.
Te invito a besar
la aridez de mi misterio,
y dejas al amante traidor
treparse a tu cama
y te vas sin decir adiós
y no me voy sin dejar dolor.
Las ventanas, la casa,
el techo susurrarán
un nombre
y abajo los gritos de la humedad,
te arrojarán a tus manos suplicantes.

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