27 de febrero de 2011

La conversión

Penetró la agotada barrera a la animalidad. Y era al fin, libre. Sin ropajes hipócritas, sin estructuras. Y se encontró acariciando, con los ojos irritados, la ternura del ser agazapado en la oscuridad quebrada por un fino hilo de luna. Gritó desde el vientre, un aullido de liberación. Una carga de brasas lo lanzaba maquinal a entregar su naturaleza. Las ventanas ajustaron sus pestillos, el viento se acercó. Su presa imaginó un corcel, una espada, una redención. El viento golpeó sediento el cristal, como lobo enardecido, y fue testigo, de aquel animal erguido convenciendo a una rendición. El pequeño ser, amedrentado, se aferraba a su íntima virtud. Pero luego la soltó a las garras de la fiera implacable. Ella, en el rito, también se convirtió. Tras los cristales, el viento, de a poco, se apaciguó, y vio brillar la luna en los colmillos de la habitación. Esperó la calma y, sigiloso, encontró una grieta por donde se filtró a lamer las heridas más dulces, las del pequeño corazón.

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